Durante más de una década, el general Jaled al Halabi creyó que había escapado. Había comandado la policía secreta en la ciudad de Raqa, uno de los pilares de la maquinaria represiva de Bachar el Asad. En 2013 dejó atrás la unidad 335 y cambió su puesto por una vida discreta en Europa. Salió de Siria con la ayuda del Mosad, los servicios secretos israelíes para los que trabajaba como agente doble. Poco después, Raqa caería en manos del Estado Islámico. Al Halabi pasó por Francia, donde le fue denegado el asilo, y terminó instalándose en Austria. Durante años viajó por Europa convencido de que, como tantos otros altos cargos del régimen, había dejado la guerra atrás.

