Vuelve una moda funesta. 2025 fue el año con más conflictos bélicos en el mundo desde 1946 —65, nada menos, que dejaron un cuarto de millón de muertos— y este año va camino de batir todos los récords, según el Instituto de Investigación para la Paz de Oslo. El tono autocomplaciente e incluso lírico acerca de esa agradable ficción que fue la Pax Americana está saltando por los aires. La “urgencia apocalíptica” de los fascistas hace un siglo se ha sustituido con la actual “urgencia revolucionaria” de los posfascistas, según el intelectual Ivan Krastev: las extremas derechas etnonacionalistas suben como la espuma en todo Occidente, y claramente en Europa, con el centroderecha poniéndose de perfil, el centroizquierda desaparecido en combate y las migraciones y la tecnología como palancas del resentimiento. Eso deja una geopolítica caníbal, borrascosa, violenta. Empezando por EE UU, garante de la arquitectura de seguridad desde las guerras mundiales. Washington es hoy uno de los grandes agitadores del teatro de operaciones global, y ha contribuido decisivamente a hacer añicos esa vieja ley que decía que las fronteras no se redibujan por la fuerza. Junto con Oriente Próximo, Europa es la zona del mundo más afectada por ese nuevo desorden mundial. La consecuencia directa del final del paraguas de seguridad estadounidense en el viejo continente es un mayor grado de vulnerabilidad en Europa, que está entrando “en una nueva era en la que deberá gastar mucho más en defensa y seguridad”, asegura a este diario el analista Robert D. Kaplan.


