
Dos niños de rubísima cabellera y piel nívea juegan con despreocupación en el columpio de un parque. Otro más pedalea su bici con parsimonia por la calle adyacente, separada del parque por una hilera de árboles frondosos. A pocos metros, tres hombres toman café en la única cafetería a la vista, donde el olor revela que la cocinera acaba de sacar del horno unas patatas con ajo y mantequilla. Este lugar es Kleinfontein, un tranquilo asentamiento cultural afrikáner privado ubicado cerca de Pretoria, una de las tres capitales de Sudáfrica. Pero esta tranquilidad tiene un precio: vivir detrás de una barrera y bajo vigilancia permanente.




