Habían llegado a la patria y la patria los había recibido pocas horas antes de que Venezuela se convirtiera en una fosa común de concreto y de cuerpos sepultados. Volvían sin nada, apenas la ropa y ellos mismos, como no se suponía que regresaran del país al que se habían ido a buscarlo todo. En la mañana del miércoles 24 de junio, Melvin Maldonado, el jefe de la misión encargada de gestionar el programa de repatriación nacional, difundió un video de los nuevos 147 deportados desde Estados Unidos, los del vuelo 164, e hizo gala de cuán generosa era la patria por aceptarlos de vuelta. Al grupo se le vio satisfecho en las instalaciones del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar, livianos por haber dejado atrás los centros de detención de Texas, o de Georgia, o de Miami. Al rato, la publicación de Maldonado se atiborró de preguntas: “Por favor, ¿dónde están los que llegaron? Los estamos buscando, ¿cómo podemos saber de nuestros familiares?, ¿por qué no han llegado a sus hogares?, ¿alguien sabe de Daniel Henrique? ¿de Johana Pineda?, ¿dónde están los del vuelo 164?”

